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Primera carta pastoral de Mons. Mario Molina
obispo del Quiché

 

Carta Pastoral
del Obispo de Quiché
a los sacerdotes,
a los religiosos y religiosas,
a los laicos y laicas
con motivo de la Pascua del año 2005

 

Queridos hermanos y hermanas:

 


La Pascua de Jesús, la celebración de su muerte y resurrección, está ya próxima.Esta es la principal fiesta de nuestra fe, es motivo de gran alegría y de esperanza.Por ese motivo quiero llegar hasta todos ustedes a través de esta carta, con la que quiero saludarlos, desearles de parte de Dios y de Nuestro Señor Jesucristo, la salud y la vida, la gracia y la paz.La muerte y la resurrección de Jesús son los acontecimientos que fundaron nuestra fe, que abrieron para nosotros horizontes de esperanza.En la entrega que Cristo hizo de su vida hasta la muerte comprendimos que el amor de Dios por nosotros llega hasta el derramamiento de la sangre de su Hijo.En la resurrección de Jesucristo de entre los muertos comprendimos que el don que Dios nos da es el perdón de los pecados, la dignidad de ser hijos de Dios, la esperanza de vivir para siempre.Cada uno de nosotros es único, irrepetible, y Dios nos conoce a cada uno por nuestro propio nombre y nos ama y nos llama a cada uno cuando escuchamos su voz en la profundidad de nuestro corazón.

Esta es la primera pascua que comparto con ustedes como Obispo de Quiché.En esta primera carta que les escribo, quiero agradecerles las oraciones que hicieron por tantos meses pidiendo que Dios les concediera un obispo.Quiero agradecerles su alegría y su entusiasmo con motivo de mi llegada y de mi ordenación el día 22 de enero pasado.Ustedes pusieron su tiempo, su trabajo, su esfuerzo, su entusiasmo, su alegría para que la fiesta fuera una verdadera celebración. Contribuyeron también con el aporte económico y en especie para todos los gastos tan grandes que hubo que realizar con motivo de esa fiesta.Eso fue un gran sacrificio que ustedes entregaron como ofrenda a Dios, porque llegaba quien iba a ser el Pastor de esta Iglesia, porque comenzaba una nueva etapa en la historia de esta Diócesis, porque este día estaban ustedes orgullosos de ser miembros de la Iglesia católica.Ustedes hicieron su contribución sin esperar nada cambio, más que la bendición de Dios.Aquí quiero dejar constancia de mi agradecimiento.Les digo que la generosidad de ustedes y el recibimiento tan cariñoso con que me acogieron me comprometen todavía más a entregarme al servicio de Dios y de su Iglesia en Quiché.

Han pasado ya dieciocho años desde que inició su ministerio de Obispo Mons. Julio Cabrera.Con mucha entrega, con mucho amor y generosidad, él llegó a esta Diócesis en tiempos de sufrimiento y dolor.Él trajo consuelo y se entregó por completo a levantar la Iglesia que había sido perseguida y dispersada pero de ningún modo doblegada o destruida.Durante su ministerio episcopal los refugiados retornaron, los que estaban escondidos salieron a la luz, se comenzó el esfuerzo de encontrar a los vivos que habían desaparecido y a los difuntos que habían quedado en los campos; él llevó consuelo a los afligidos y ayudó a los que habían sobrevivido a llevar con dignidad la memoria de su sufrimiento.Se crearon nuevas parroquias, llegaron más sacerdotes, muchas hermanas religiosas vinieron a servir a los más necesitados, más y más laicos y laicas se unieron al esfuerzo de ser testigos del Evangelio de Jesucristo a través de su colaboración en la pastoral.Comenzó a brillar la luz, renació la esperanza, la alegría iluminó los rostros de los niños.

Tras tres años de larga espera, desde que Mons. Julio fue trasladado a la Diócesis de Jalapa, un nuevo Obispo fue designado por el Santo Padre.Acogí este llamado con humildad y deseo de servir desde lo que yo puedo ofrecer.Comienza una nueva etapa de la historia de la Diócesis.Es una etapa que se construye sobre la que ya pasó.Por eso he querido recordarla con las breves palabras que he escrito más arriba.Pero el camino se hace hacia delante, hacia el futuro.Es necesario que todos veamos de nuevo cuáles son las fortalezas que nos vienen del pasado, cuáles son los retos del presente, cuáles son las oportunidades del futuro.Es necesario que como Diócesis y como personas nos volvamos a preguntar qué nos pide Jesucristo para los tiempos que nos toca vivir.

Esta carta quiere ofrecer una reflexión sobre algunos aspectos de la Iglesia que debemos tener en cuenta ahora que emprendemos una nueva etapa del camino. Quiero hacer esta reflexión valiéndome de algunos pasajes de la Escritura que nos iluminen y nos den certeza de la verdad de nuestra fe acerca de la Iglesia.


         

La Iglesia nace del amor de Dios en Cristo
Tomemos en nuestras manos la Sagrada Escritura para leer el pasaje de la Carta de san Pablo a los Efesios, 1, 3-14.Es una oración de acción de gracias que san Pablo eleva a Dios por todo lo bueno que ha hecho por nosotros.Pablo da gracias a Dios porque nos ha bendecido, nos eligió, derramó su gracia sobre nosotros (vv. 3. 4. 6).Es Dios el que ha hecho todas esas cosas por nosotros primero.Cuando Dios creó el mundo, pensó en nosotros, nos amó incluso antes de que naciéramos a la vida.Como dice el apóstol san Juan, no somos nosotros los que hemos conocido y amado a Dios, sino que es Él quien nos ha conocido y nos ha amado primero (1Jn 4,10).Cuando tomamos conciencia de que es Dios el que ha tomado la iniciativa del amor y de la obra de la salvación nos damos cuenta de que todo lo que recibimos de Dios es gracia, es regalo, es don.Dios nos ha bendecido con toda clase de bienes espirituales (v. 3), él nos eligió para que fuéramos su pueblo (v. 4), nos destinó a ser adoptados como hijos suyos (v. 5), nos otorgó el perdón de los pecados (v.7), nos ha hecho herederos de los bienes de la salvación (v. 11).Todo lo hemos recibido sin que nosotros tuviéramos que comprarlo, ganarlo, trabajarlo.Cristo, con su muerte y resurrección, con el gran amor con que él también nos amó, ha ganado para nosotros estos bienes que son nuestra alegría y nuestro consuelo.

 

También este pasaje nos llena de esperanza, pues allí nos enseñan de dónde venimos y hacia dónde vamos en esta vida.Venimos del amor de Dios y vamos hacia la plenitud de Dios.Dios tiene un plan para nosotros, Dios tiene un proyecto de amor.Él nos ha dado a conocer su plan salvífico, que había decidido realizar en Cristo, llevando su proyecto salvador a su plenitud (vv. 9-10).En nuestros trabajos hacemos planes y proyectos para realizar nuestras tareas en orden, para conseguir nuestros fines.San Pablo nos enseña que también Dios tiene un plan.Saber estas cosas da alegría a nuestro corazón, porque entonces descubrimos que cada uno de nosotros tiene su propósito, nacimos para algo.Nacimos para ser y vivir como hijos de Dios y llegar a vivir con alegría para siempre con Dios.Cuando sabemos nuestro propósito en esta vida, todas las cosas que hacemos deben entonces ir encaminadas de tal forma que ese propósito se cumpla.

También nos llama la atención, que este pasaje es un himno, es un canto de bendición y alabanza con el que san Pablo da gloria a Dios.Es más, en el versículo 6, Pablo dice que nosotros mismos, con nuestra vida, somos un himno de alabanza a la gloriosa gracia que derramó sobre nosotros por medio de su Hijo querido.Puesto que hemos llegado a ser creyentes y a obtener la salvación por un don gratuito de Dios, nuestra vida toda es un agradecimiento a Dios por todos su bienes y beneficios a favor nuestro.Este es el sentido profundo de la pobreza cristiana:la conciencia de saber que todo lo hemos recibido de Dios, para vivir en agradecimiento hacia él y en generosidad hacia el prójimo.


La Iglesia vive unida a Jesucristo
En el pasaje de san Pablo que venimos comentando, él menciona muchas veces el nombre de Jesucristo.No sólo Dios, también Jesucristo es la referencia esencial de nuestra fe.Dios nos ha bendecido en Cristo (v. 3), él nos eligió en Cristo (v. 4), nos destinó a ser adoptados como hijos por medio de Jesucristo (v. 5).Con su muerte el Hijo nos ha obtenido la redención (v. 7).En el versículo 10 dice algo de gran importancia:Dios ha constituido a Cristo en cabeza de todas las cosas, las del cielo y las de la tierra.Eso quiere decir que toda la creación encuentra de nuevo su camino hacia Dios por medio de Cristo.Cada cosa y cada persona encuentran su propósito cuando obedece a Cristo.Cristo es quien da unidad, da sentido y dirección a todo cuanto existe.Cuando Cristo vino al mundo, murió y resucitó, comprendimos que Dios comenzó la obra de la creación, porque estaba pensando en Cristo como el remate y la meta de todo cuanto existe.

Vamos a profundizar en este aspecto de nuestra vida de cristianos comentando las palabras de Jesús en el evangelio según san Juan, 15,1-9.Jesús compara su relación con sus discípulos con la figura de la vid y los sarmientos.Jesús menciona esa planta, porque esa fruta era común en su país.Pero en realidad la parábola de Jesús se puede utilizar en referencia a casi cualquier árbol que tenga tronco y ramas y dé frutos.Las ramas de cualquier árbol tienen vida y dan fruto si permanecen unidas al tronco.Si no es así, se secan y mueren.Dice Jesús:Permanezcan unidos a mí, como yo lo estoy a ustedes.Ninguna rama puede producir fruto por sí misma, sin permanecer unida a la vid, y lo mismo les ocurrirá a ustedes, si no están unidos a mí (v. 4).

Nos preguntamos qué significa vivir unido a Jesús y cómo se realiza esa unión.La unión con Jesús tiene una dimensión interior que no se ve y otra dimensión externa visible.Nos unimos a Cristo por la fe en Dios y en su Hijo.Dice Jesús:Crean en Dios y crean también en mí (Jn 14, 1).En otro lugar dice:Esto es lo que Dios espera de ustedes:que crean en aquél que él envió (Jn 6,29).Permanecemos unidos a Jesús cuando creemos en su evangelio y ponemos nuestra confianza en su persona.Esta es la dimensión invisible.Pero la unión con Jesús encuentra su realización visible cuando recibimos los sacramentos de la Iglesia.Por medio del bautismo nacemos de nuevo y vivimos con la vida de Jesús.Yo te aseguro, le dice Jesús a Nicodemo, que nadie puede entrar en el reino de Dios, si no nace del agua y del Espíritu (Jn 3, 5).Recibir la eucaristía es de importancia capital para unirnos a Jesús.El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él (Jn 6, 56).Para poder participar en los sacramentos es necesario permanecer unidos también a la comunidad de la Iglesia.El que se va fuera de la comunidad, o si un grupo de personas quiere formar su propia comunidad aparte, sin estar unida a las demás comunidades católicas y a sus pastores se ha separado incluso del mismo Cristo.Por eso Jesús ruega por sus discípulos diciendo:Te pido que todos sean uno lo mismo que lo somos tú y yo, Padre.Y que también ellos vivan unidos a nosotros para que el mundo crea que tú me has enviado (Jn 17, 21).

La unión con Cristo también se manifiesta en la vida recta y justa de cada uno de los creyentes.Dice Jesús:Sólo permanecerán en mi amor, si ponen en práctica mis mandamientos, lo mismo que yo he puesto en práctica los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor (Jn 15, 10).La manera como nos comportamos, el servicio que damos a nuestro prójimo es el signo visible de que también amamos a Dios y permanecemos unidos a él y a Jesucristo.

La Iglesia es el pueblo de Dios
Cuando San Pablo escribe sus cartas, él se refiere a las comunidades como los santos (Ef 1,1; 1Cor 1, 2; Flp 1,1).Con esa palabra quiere significar que los creyentes en Cristo pertenecen a Dios, están consagrados a Él.Los bautizados formamos el pueblo que pertenece a Dios.En el himno con que comienza la Carta a los Efesios, dice san Pablo que Dios nos eligió en Cristo antes de la creación del mundo para que fuéramos santos (1, 4), para que fuéramos su pueblo.El apóstol san Pedro, en su Primera Carta, es quien habla de manera más clara en este sentido:Hablando a los cristianos que van a leer su carta, les dice:Ustedes son descendencia elegida, reino de sacerdotes y nación santa, pueblo adquirido en posesión para anunciar las grandezas del que los llamó de la oscuridad a su luz admirable.Los que en otro tiempo no eran pueblo, ahora son pueblo de Dios (1Pe 2, 9-10).

¿Qué importancia tiene que pensemos que nosotros somos el pueblo de Dios?En primer lugar, con esa palabra, queremos decir que todos los bautizados, sean laicos, personas consagradas o ministros ordenados, pertenecemos a Dios y tenemos una misión de parte de Dios.Los laicos, los consagrados, los sacerdotes, los obispos, todos tenemos en común nuestra pertenencia al pueblo de Dios por el bautismo.Durante la celebración de este sacramento, el sacerdote unge con el santo crisma la cabeza del bautizado para significar que de ese momento en adelante pertenece a Dios, a la descendencia elegida, al reino de sacerdotes y a la nación santa, como dice la Primera Carta de San Pedro que acabamos de citar.

Ser pueblo de Dios significa, que como el antiguo pueblo de Israel, los creyentes tenemos una misión y una tarea en el mundo.Tenemos la misión de dar a conocer la buena noticia de Jesucristo, de ser testigos del Evangelio en el mundo.Tenemos la tarea de consagrar este mundo a Dios por medio de la ofrenda de nuestras propias vidas.Tenemos la tarea de ser luz del mundo y sal de la tierra (Mt 5, 13.14), para lograr que todos y cada uno de los hombres y mujeres de este mundo viva con mayor dignidad, con más firme esperanza, con una mejor realización de sus propias personas.Según una expresión muy bella de la Constitución Dogmática sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II, “la condición de este pueblo es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo.Tiene por ley el nuevo mandamiento de amar como el mismo Cristo nos amó a nosotros.Y tiene, en último lugar, como fin, el dilatar más y más el reino de Dios” (LG 9).

Cada uno de los miembros del pueblo de Dios realiza su misión en el mundo y en la Iglesia de acuerdo con su vocación a la vida cristiana.Los sacerdotes y obispos tienen principalmente la tarea de realizar y animar la evangelización, de presidir las comunidades cristianas en la celebración de los sacramentos, de ser promotores de la unidad de la Iglesia.Los religiosos, según sus carismas propios, son en la Iglesia testigos de la santidad a la que todos hemos sido convocados y se dedican a prestar diversos servicios a favor del prójimo.Los laicos tienen la gran tarea de impregnar la misma sociedad, la familia, el ámbito del trabajo, la vida política y social con actitudes y valores cristianos.En nuestras aldeas y cantones algunas personas gozan de un lugar especial, porque deben prestar servicios esenciales, que muchos de ellos realizan desde una profunda convicción cristiana.Pienso en las comadronas, en los que, con sus consejos, señalan el camino de la vida, en los que desempeñan tantos servicios para que en la comunidad todos gocen de mejores condiciones de vida.Este es el camino del empeño del laico católico.

En la Iglesia en Quiché, al igual que en otras Iglesias particulares de Guatemala, muchos laicos han prestado y siguen prestando un servicio de colaboración con los sacerdotes en el ejercicio del ministerio pastoral.Son los sacristanes, los catequistas, los ministros extraordinarios de la comunión, los visitadores de enfermos y rezadores.Gracias al servicio de estas personas las comunidades pudieron mantenerse en tiempos difíciles y actualmente mantienen viva la fe.Muchos de estos servidores dieron su vida a causa del ministerio que prestaban.

La Iglesia, Cuerpo de Cristo
Dentro de la Iglesia y del pueblo de Dios hay, pues, diversidad de vocaciones, de ministerios, de servicios y de condiciones de vida.El pecado nos puede inducir a cometer dos errores:Un error consiste en pensar que en la Iglesia todos debemos ser iguales y hacer lo mismo.Otro error consiste en creer que, como somos diversos, entonces debemos estar separados y formar grupos aparte.Este es un pecado viejo, al que ya san Pablo le prestó atención.

En la Primera Carta a los Corintios (12, 12-26), san Pablo compara la Iglesia con un cuerpo humano.En el cuerpo hay muchos miembros, tales como las manos, los pies, los ojos, los oídos, y sin embargo ellos no se pelean entre sí, sino que se ayudan mutuamente porque todos ellos forman un solo cuerpo.Y dice:así también Cristo.

Una de las tareas más importantes que tenemos por delante como Iglesia es la de construir la unidad a partir de la diversidad.Hay algunas diversidades que son naturales:unos nacemos mujeres y otros nacemos hombres.Otras diferencias son culturales:unos nacimos quichés, otros nacimos ixiles o queqchíes o ladinos, o incluso fuimos educados en culturas de otros países.Hay diferencias en las capacidades y habilidades de cada personas:unos han sido llamados para prestar servicios a la comunidad, otros han elegido ofrecer servicios artesanales o profesionales.Dentro de la misma Iglesia hay diferentes ministerios, servicios, vocaciones y formas de espiritualidad.Entre nosotros hay sacerdotes, personas consagradas, laicos que ejercen diversos servicios, hombres y mujeres casados.Si nos fijamos en los estilos de espiritualidad y forma de vida cristiana, entre nosotros hay miembros de la Acción Católica, hay quienes pertenecen al Movimiento de los Cursillos de Cristiandad, otros se sienten mejor como miembros de la Renovación Carismática, o de alguna otra forma de espiritualidad.

Según san Pablo, en la medida en que esta diversidad es para beneficio de la comunidad, allí está actuando el Espíritu Santo.A cada cual se le concede la manifestación del Espíritu para bien de todos (1Cor 12, 7).Pero ese mismo Espíritu es también el que nos convoca a la unidad:Todos hemos recibido un mismo Espíritu en el bautismo, a fin de formar un solo cuerpo (1Cor 12, 13). El fundamento de nuestra diversidad es el mismo que nos convoca a la unidad.El mismo Espíritu Santo que nos hace a cada uno diferentes, otorgándonos a cada uno diversas funciones, espiritualidades, ministerios y servicios, es el que nos hace también a todos uno solo, porque es el mismo y único Espíritu.Nuestras divisiones y separaciones no tienen origen en Dios, sino que son manifestación de nuestros pecados.

San Pablo advierte contra varios atentados que se pueden dar contra la unidad de la comunidad de la Iglesia.Si el pie dijera:“Como no soy mano, no soy del cuerpo”, ¿dejaría por eso de pertenecer al cuerpo? (1Cor 12, 15).Este es el peligro del que se retira de la comunidad porque piensa que tiene que pertenecer a algún grupo o a algún movimiento, y no quiere.O puede ser al revés:que los miembros del grupo no quieran aceptar como hermano en la fe y miembro de la Iglesia a alguna persona que no quiere pertenecer a su grupo o movimiento:El ojo no puede decir a la mano:“No te necesito”; ni la cabeza puede decir a los pies:“No los necesito” (1Cor 12, 21).A nadie hay que obligar a que pertenezca a un grupo, a nadie hay que excluir de la comunidad cristiana porque no pertenece a un grupo dado.En la Iglesia hay espacio para la diversidad.Pero esta diversidad tiene que realizarse en la unidad de la comunidad presidida por su párroco.Las personas somos iguales en dignidad, pero somos muy diversas en nuestras cualidades, vocaciones y en los servicios que prestamos.Si todo el cuerpo fuera ojo, ¿cómo podría oír?Y si todo fuera oído, ¿cómo podría oler? (1Cor 12, 17)

Este pasaje nos confronta pues con la tarea de construir la unidad en la diversidad.Para esto es muy necesario recordar aquellas palabras de Jesús cuando dijo que en la comunidad, nosotros sus discípulos no debíamos proceder como ocurre en el mundo.Pero ustedes no procedan de esta manera.Entre ustedes, el más importante sea como el menor, y el que manda como el que sirve (Lc 22, 26).El ansia de poder crea divisiones también dentro de la Iglesia.Por eso todos debemos examinarnos para eliminar todo rastro de este pecado de nuestras comunidades.

La Iglesia inculturada y martirial

En el libro del Apocalipsis 7, 9-17, el vidente que escribe el libro describe una visión del cielo.Él ve una multitud de personas, procedentes de muchas culturas, pueblos y naciones.Después de esto, miré y vi una multitud enorme que nadie podía contar.Gentes de toda nación, raza, pueblo y lengua; estaban de pie ante el trono y ante el Cordero (Ap 7,9).Sorprende que ni siquiera en el cielo se han perdido las diferencias culturales.El vidente ve a los santos que están delante del trono de Dios en sus diferencias culturales, pero todos cantan el mismo cántico:A nuestro Dios, que está sentado en el trono, y al Cordero, se debe la salvación (Ap 7,10).

Jesucristo anuncia el Evangelio a todas las personas, de todos los pueblos, culturas y naciones.A todos los hombres y mujeres, de todos los pueblos, los invita a conocer a ese Dios que él llamaba su Padre.De hecho, una de las contribuciones del Evangelio de Jesucristo es que nos mostró un nuevo rostro de Dios, que incluso el mismo pueblo judío había olvidado. En última instancia, Jesús murió porque se mantuvo firme en defender que el verdadero rostro de Dios era el que él mostraba. A todos los hombres y mujeres, de todos los pueblos y culturas, Jesucristo los invita a la conversión, para que conozcan al verdadero Dios, abandonen sus pecados y comiencen el camino de la santidad, para llegar a ser cada día mejores personas.A todos los hombres y mujeres de todos los pueblos y culturas, Jesucristo los invita al bautismo y a los sacramentos para llegar a ser miembros del Pueblo de Dios y de la Iglesia.Los hombres y mujeres de todos los pueblos tienen derecho a escuchar el Evangelio en su propio idioma y a expresar la fe recibida en su propia lengua y según las formas culturales más adecuadas para manifestarla, guardando siempre la unidad de la comunión de las Iglesias y la fidelidad a la Escritura y a la Tradición.Con frecuencia el Evangelio permite reconocer cómo ya desde antes de ser cristianos, los hombres y mujeres de una cultura y de un pueblo, compartían valores y pensamientos convergentes con la fe cristiana recibida.El Evangelio ilumina a los hombres y mujeres de toda cultura.Sin embargo, las culturas son realidades cambiantes, debido al influjo de las migraciones, de las comunicaciones sociales y del desarrollo histórico de los pueblos.Por eso debemos preguntarnos siempre, cuáles son los retos de la inculturación en el día de hoy, para que el Evangelio de Cristo sea siempre el corazón de las culturas de nuestro pueblo.

Esta visión del Apocalipsis nos muestra además a aquellos creyentes que están delante del trono del Cordero vestidos de blanco, con palmas en sus manos.Un anciano le explica al vidente que estos son los que vienen de la gran persecución, los que han lavado y blanqueado sus túnicas en la sangre del Cordero (7, 14).Nuestra Iglesia en Quiché, como aquella comunidad en la que se escribió el libro del Apocalipsis, recuerda con admiración y con agradecimiento a los testigos de la fe que derramaron su sangre por ser seguidores de Jesús.Esa memoria nos motiva para asumir las responsabilidades del presente y del futuro en nuestra Iglesia y en nuestra sociedad.Los niños de menos de diez años no experimentaron directamente la violencia.Este hecho nos plantea la pregunta acerca de cómo se transmite en las familias a la próxima generación la memoria del pasado de sufrimiento.La manera como el pasado se recuerda y se transmite en las familias y en las comunidades es un indicio de cómo quieren asumir el futuro.Como Diócesis tenemos que llevar adelante la tarea ya iniciada en la etapa anterior de acompañar a las víctimas que todavía sufren las consecuencias de la violencia que padecieron y a los deudos que todavía quieran encontrar los restos de sus seres queridos enterrados en tumbas clandestinas.Por otra parte, también debemos continuar el esfuerzo para lograr el reconocimiento oficial de la muerte martirial de algunos de los testigos de la fe, como gesto de agradecimiento por su fidelidad a Jesucristo, y para que su memoria sea modelo y estímulo perpetuo para que las nuevas y futuras generaciones sientan la responsabilidad de vivir su fe y su identidad cristiana católica con integridad.

La Iglesia en su vida de cada día
En el libro de los Hechos de los Apóstoles, 2, 42-47 encontramos una descripción de la comunidad de Jerusalén.Allí se describen algunos rasgos esenciales propios de toda Iglesia y comunidad cristiana, que también configuran la existencia de cada día de nuestras propias comunidades creyentes.

Dos veces menciona ese pasaje la presencia de los apóstoles.Los bautizados se dedicaban con perseverancia a escuchar la enseñanza de los apóstoles, y más adelante añade:todos estaban impresionados, porque eran muchos los prodigios y señales realizados por los apóstoles (Hc 2, 42. 44).La Iglesia del principio se congregó en torno a los apóstoles, quienes con su predicación y las señales que hacían convocaban a todos a la fe y a la vida en fraternidad.Ese rasgo sigue presente en la Iglesia católica, que considera a los obispos sucesores de los apóstoles.Ellos, por medio del ministerio de la Palabra, la celebración de la Liturgia y el fomento de la caridad fraterna edifican la Iglesia de Jesucristo.Los sacerdotes son los colaboradores de los Obispos en esta tarea, para ser también directores y animadores de la evangelización y de la acción pastoral en cada parroquia.Esta misión les exige vivir muy unidos a Jesucristo para tener en sí mismos las actitudes del Buen Pastor y ser siempre agentes de unidad y no de división en las comunidades.Por otra parte, saber estas cosas debe ser un freno a la tentación que pueden sentir algunos grupos de formar comunidades separadas, sustraídas del cuidado pastoral del párroco y del obispo.La importancia del servicio que prestan los sacerdotes en la Iglesia nos debe motivar, por otra parte, a fomentar las vocaciones al sacerdocio en nuestras familias y comunidades y a orar para que el Señor nos conceda muchos sacerdotes buenos y santos.

Ese mismo pasaje que hemos citado arriba dice que los bautizados se dedicaban con perseverancia a escuchar la enseñanza.La predicación de la Palabra de Dios, la catequesis, la formación de las comunidades y de los diversos colaboradores laicos es una tarea que no acaba nunca y que debe ser siempre renovada con el fin de lograr que al menos algunos laicos de las comunidades logren la profundización en su fe y que sobre todo los catequistas y otros colaboradores, tengan palabras adecuadas para proponer la fe y defenderla de los que la atacan.

Otro rasgo de aquella comunidad de Jerusalén es que vivían unidos y participaban en la fracción del pan y en las oraciones (2,42).La frase “fracción del pan” significa “partir el pan” y es el nombre que antiguamente se daba a la eucaristía, a la celebración de la misa.Cuando Jesús instituyó la eucaristía, él también “partió” el pan y lo distribuyó a sus discípulos.La celebración de la eucaristía sigue siendo todavía hoy el acto principal de toda comunidad cristiana.Duele saber que por la escasez de sacerdotes, la eucaristía no se puede celebrar en todas las comunidades con la frecuencia que debería hacerse.Este es otro motivo para intensificar la promoción de las vocaciones sacerdotales.De allí también el agradecimiento que debemos tener a aquellos hermanos laicos, que como ministros extraordinarios de la comunión, suplen la ausencia de sacerdotes y ofrecen a los hermanos de sus comunidades la oportunidad de escuchar la Palabra de Dios, realizar las oraciones comunitarias y recibir el Cuerpo de Cristo cada domingo.

Dice también este pasaje de los Hechos de los Apóstoles que todos los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común.Vendían sus posesiones y haciendas y las distribuían entre todos según las necesidades de cada uno (2, 44-45).Es decir, aquella comunidad se caracterizaba por su gran solidaridad y atención a las necesidades del prójimo.Nuestra Iglesia de Quiché se ha caracterizado por la forma tan eficiente como ha salido al encuentro de los hermanos en sus necesidades a través de acciones organizadas de manera institucional.También es ejemplar la manera como cada persona, motivada por su fe, ha estado atenta a las necesidades de su prójimo para estarle al lado con los escasos recursos disponibles.También para el futuro es necesario que desarrollemos todavía más el sentido de solidaridad cristiana, por la cual nos acogemos mutuamente como hermanos y damos cumplimiento al mandamiento principal que nos dejó Jesucristo.

Por último, dice el pasaje, que los miembros de aquella comunidad de Jerusalén se ganaban el aprecio de todo el pueblo.Por su parte, el Señor cada día agregaba al grupo de los creyentes aquellos que aceptaban la salvación (2, 47).Aquella comunidad estaba abierta al mundo a su alrededor, y muchos se sentían atraídos, se convertían y se hacían seguidores de Jesús.A su modo, aquella era una comunidad misionera.La Santa Misión realizada en esta Diócesis con tanto entusiasmo y entrega con motivo del Jubileo del Año 2000 en cierto modo ha marcado nuestras comunidades.Ese espíritu misionero debe renovarse y mantenerse vigente también para el futuro.Debemos vivir la fe con tal alegría y fraternidad que muchos que están alejados de la Iglesia o no le dan importancia a Dios se sientan atraídos a participar de nuevo como miembros de la comunidad de creyentes.La Virgen María es el modelo de la mujer misionera, pues cuando supo que sería la Madre del Salvador, fue a llevar la Buena Noticia a su pariente Isabel, quien se llenó de gozo del Espíritu Santo y exclamó bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre (Lc 1, 41-42).


Queridos hermanos y hermanas:Estas son algunas ideas sobre la Iglesia que queremos edificar, que he logrado exponer por medio del comentario de seis pasajes del Nuevo Testamento.Debemos continuar la reflexión conjuntamente, para lograr tener un mismo sentir y proyectar nuestra acción pastoral en profunda comunión de ideas y propósitos.

En esta primera Pascua que celebro con ustedes como Obispo, hago una súplica al Señor:

Dios, Padre nuestro, te alabamos y te bendecimos.
Envíanos en nombre de Jesús tu Espíritu Santo
para que nos inspire, nos motive y nos aliente
en la tarea de continuar la edificación de tu Iglesia.
Que nuestra fe esté llena de alegría
que nuestro servicio sea generoso y oportuno
que nuestro testimonio haga presente tu Reino.
Bendice nuestros hogares y nuestras comunidades
con el don de la vida y con la gracia de tu amor.
Amén.

Santa Cruz de Quiché, 17 de marzo de 2005,
Jueves de la Quinta Semana de Cuaresma, en la celebración de la Misa Crismal

 

 

+Mario Alberto Molina, O.A.R.
Obispo de Quiché

 

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Página actualizada el 03/16/2005 12:28