El obispo de Bocas del Toro recuerda a Juan Pablo II

     
 

Con ocasión de la muerte del Papa Juan Pablo II, el Panorama Católico nos pidió que escribiéramos "algo" sobre quien era ya proclamado Juan Pablo Magno, para una página que había proyectado publicar bajo el título de Juan Pablo II visto por los obispo de Panamá.

Yo, para destacar el lado humano de Juan Pablo II, escribí un "algo" muy sencillo que, a1 parecer, gustó al personal del periódico. Con otras dos experiencias similares, igualmente cercanas, repito aquí aquella primera estampa, unidas las tres en el recuerdo de un Papa grande y sencillo a la vez.

.He tenido la gracias de encontrarme en varias ocasiones, en privado, con el papa Juan Pablo II. La gran personalidad que desbordaba en los actos públicos y de multitudes, se hacía sencillez y cercanía en los encuentros personales. Nunca olvidaré mi último encuentro con él.

Hacía un mes que había muerto mi madre. Después de los saludos de rigor, le entregué un recordatorio y le pedí una oración por ella. El Santo Padre supo adoptar inmediatamente una actitud de padre. O mejor, de hermano mayor.

Me preguntó por cuántos años tenía mi madre y cómo había sido su muerte, que dónde vivía, que cuantos hermanos éramos. Al oir que todos habíamos nacido en Navarra, comentó: “oh, la tierra de San Francisco Javier”. Cuando le dije que tenía un hermano sacerdote expresó su complacencia. Y, antes de despedirnos me animó diciendo: “vaya tranquilo. Ya sabe que Dios nuncase deja ganar en generosidad. A una madre que le ha entregado dos de sus hijos para servir a la Iglesia, le tiene reservado un lugar junto a él”. Lo decía todo con gran esfuerzo pues para esas fechas el mal del parkinson ya había hecho presa en él.

Así que lo que iba a ser una visita administrativo-pastoral se convirtió en un encuentro fraterno, lleno de comprensión y cariño, en el que el Gan Juan Pablo II se mostró grande tambijén en la humildad de su acogida, tan humana, tancercana.

En las visitas "ad liina apostolorum", los obispos de Panamá éramos invitados a almorzar un día con el Santo Padre en su apartamento. El Papa se sentaba frente a todos nosotros. Hablaba poco, escuchaba mucho, acogía con risas benévolas las ocurrencias de algunos obispo, se fijaba en los pequeños detalles. Eran momentos de intimidad familiar, de sencillez, de alegría fraternas.

Terminado el almuerzo solíamos pasar a la capilla priva del Santo Padre, para hacer una visita al Santísimo Sacramento. En cierta ocasión, al salir del comedor en la puerta coincidí con el Santo Padre. Obviamente, le cedí el paso. Él tomó mi brazo; no sé si para apoyarse en mí, o para que no me apartara de él.

Así salimos al corredor. El Santo Padre se detuvo unos momentos y, con aire sonriente, dijo en voz alta: “l obispo de los indios” “Sí, Santo Padre.-dije yo un tanto nervioso- en Panamá viven varios pueblos indios y la conferencia episcopal me ha encargado de la pastoral indígena” Y, él un si es no es socarrón, comentó: “Pero tú eres de la Hispania”. Y, entre risas y sonrisas, entramos en la capilla.

El Santo Padre se sumió en una oración profunda. Yo no sé si estuve distraído todo el tiempo, o se fue mi modo de orar en esos momentos. Porque pensaba: “a cuántos obispos habrá recibido el Papa en estos días?, ¿con cuántos habrá conversado sobre las realidades de cada país? Y se acuerda de mí, me identifica como obispo de los indios, con tanto detalle como para notar que soy de la Hispania” Y una vez más experimenté el lado humano, cercano y cálido del Gran Juan Pablo II.

Conocía yo a la señora Isabel Salazar desde siempre. Es decir, desde “mi siempre” en Bocas del Toro. Nacida en el corazón del Krikamola, mestiza, profundamente religiosa; pobre y sencilla, devota del Corazón de Jesús. En sus últimos años, ya disminuida de fuerzas, la visitaba en su casa cada domingo y le llevaba la comunión. Entre bromas y chanzas me repetía sus andanzas por su Krikamola natal: primera maestra en el área, partera, corregidora… Y seguidora a ultranza del doctor Arias.

En 1996, antes de viajar para la visita ad limina, le dije: Señora Isabel: voy a ver al Santa Padre. ¿Qué quiere que le diga?” “Ay, monseñor, dígale que es bello y que yo lo quiero mucho, me respondió. Y se lo dije en mi visita personal: “Santo Padre, la señora Isabel de Bocas del Toro me pide que le diga que el Papa es bello y que ella lo quiere mucho”.

El Papa acogió benévolo el mensaje y todo reído repetía: “El Papa es bello, el Papa es bello”. Y por ahí se soltó; me preguntó por la señora Isabel y su vida, por Bocas del Toro y el origen de tan insólito nombre, por sus familias… Y terminó diciendo: “Dígale a la señora Isabel que yo también la quiero mucho y que le envío mi bendición”.

Yo creo que Juan Pablo II, tan dinámico él, se aburría solemnemente con los rollos que le soltábamos los obispos, aunque sabía disimularlo con preguntitas al caso. Pero cuando alguien, saltándose un poco el orden y el protocolo, le presentaba algo distinto, se sentía feliz, contento. Y mostraba enseguida lo que era: un Papa profundamente humano.

 

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