Convivencia Vocacional I (Semianrio San Agustín, Guatemala) OBJETIVOS La convivencia quiere ser un encuentro de orientación y animación vocacional.
- En el contexto de la convivencia nos proponemos fortalecer y concretar el acompañamiento personalizado con los jóvenes próximos a entrar a los seminarios.
- Introducir al carisma agustiniano de la vida comunitaria descubriéndolo en las Sagradas Escrituras y en “la delicia de convivir los hermanos unidos” (Sal 132).
PLANTEAMIENTO Y ESTRATEGIAS La convivencia quiere ser una llamada directa a entrar a los seminarios. Se procurará llamar y animar a esta posibilidad. Por esto, los primeros invitados son aquellosque tienen posibilidad de entrar en el próximo curso. En segundo lugar están invitados aquellos con quienes se está en contacto al menos desde enero y que el animador local considera con posibilidades vocacionales.
- En esta convivencia suponemos los primeros contactos y orientaciones generales sobre la vocación consagrada, sacerdotal y agustino-recoleta.
- Es recomendable que el joven haya tenido al menos dos o tres entrevistas personales con el animador local.
- La convivencia se hace mirando al seminario. Por esto, ha de presentarse de algún modo la vida de los seminarios a nivel de la convivencia con los seminaristas y de los seminaristas. Estos deben estar implicados al máximo en la programación y desarrollo de la actividad.
- Es recomendable la participación en equipo de los padres promotores vocacionales. Sería ideal que se pudieran distribuir entre ellos temas y actividades y que se notara su colaboración y vida comunitaria. De no ser posible sería bueno que estuvieran como equipo en alguna actividad o tema sobre nuestro carisma. Por lo menos deben participar en uno de los almuerzos o cena de la convivencia.
- Los jóvenes aspirantes deben cubrir el costo de la convivencia en la medida de lo posible. En caso de no poder tendrán el apoyo de la pastoral vocacional local.
ESQUEMA TEMÁTICO La convivencia girará en torno a tres núcleos temáticos. A cada núcleo se dedicará al menos una hora de exposición y diálogo. Luego se ampliará, en lo que permita el horario, mediante actividades y medios didácticos que permitan y faciliten la reflexión personal y comunitaria.
- La vocación de los hijos de Dios
- Vocación a la vida
- “Vida en Dios, con Dios, de Dios mismo” (S. Agustín)
- La comunión en el amor, cima de la vida
- “Tú me llamas por mi nombre”
- “Ustedes serán mi pueblo”
- Diversos dones, diversas vocaciones
- El Señor nos prepara para la vocación de hijos con los dones del Espíritu
- Todo ser humano tiene su vocación
- El carisma como nuestro auténtico modo de ser
- Diversidad de carisma en 1Corintios 12, 12
- Los estados de vida en la Iglesia
- “A unos apóstoles...”: vocación a la vida consagrada y sacerdotal
- El don de la vida comunitaria
- “Serán mi pueblo”: la vida comunitaria, camino de salvación para todos
- La vida comunitaria, el nuevo camino en los Hechos de los Apóstoles
- La vida comunitaria, un carisma de la vida consagrada
- La vida comunitaria, núcleo del carisma agustiniano
- El agustino recoleto, hombre de comunidad y para la comunidad.
ACTIVIDADES Y MEDIOS
- “Acogida y ofrenda”: actividad programada con el objetivo de acoger en la comunidad del seminario a los que el Señor está llamando a nuestro estilo de vida; y también fomentar en todos la acogida de don de la vida comunitaria como vocación.
- Vídeo forum sobre la llamada que Dios dirige a cada uno en la Iglesia.
- Disco forum “El profeta”, sobre la vocación a la vida consagrada y sacerdotal.
- Montaje “El país de los pozos”.
- Montaje “San Agustín y la vida consagrada”.
- La vocación de los hijos de Dios
En el capítulo 3 del evangelio de Lucas se nos cuenta que cuando Jesús fue bautizado por Juan el Bautista en el Jordán se escuchó “una voz del cielo” que dijo: “Tú eres mi hijo; yo te he engendrado hoy” (Lc 3, 21-22). Quizás esta es la primera voz de Dios que todos estamos llamados a escuchar: “Tú eres mi hijo”. Es la característica principal nuestra con relación a Dios. Es lo que somos porque así Dios lo quiere. Pero es también lo que estamos llamados a ser. Dios nos llama a asumir el ser sus hijos, a reconocernos como hijos del Padre Dios. Ser hijos de Dios es el resumen de lo que estamos llamados a ser. Ser hijos de Dios es nuestra primera vocación. Por eso si nos planteamos cuál es la vocación a la que Dios nos llama, tenemos que partir de un presupuesto fundamental: que antes que nada somos hijos de Dios. Todo modo de vivir, toda expresión o realización vocacional de un cristiano católico ha de estar encaminada a ser y vivir como hijos de Dios, pues esta es nuestra principal vocación. Vamos a ver brevemente algunos de los rasgos principales de esta primera vocación a la que estamos llamados. El Dios que nos llama a ser sus hijos es el Dios de la vida. Vivir como hijos suyos es reconocerlo y acogerlo como el origen de la vida en todas sus expresiones y realizaciones. Dios que es fuente de la vida nos regala la nuestra. Él es como una fuente de agua que se está continuamente desbordando, echando agua. Y nosotros hemos nacido de ese ser de Dios que no puede hacer otra cosa que estar comunicando vida, moviéndose para dar vida. Estar llamados a ser hijos de Dios es estar llamados desde el mismo Dios para participar de su propia vida. La voluntad creadora de Dios llama a la viday hace brotar toda expresión de vida. Dios es el que “llama a lo que no es para que sea”. Así, Él es el Padre de la vida, origen de todo lo que existe, principio de todo el movimiento vital de nuestra naturaleza. Dentro de toda la naturaleza creada se destacan los seres humanos como aquellos que el Señor ha creado a su imagen y semejanza (Gn 1,26), y con capacidad de avanzar responsablemente, desde su libertad hacia el Dios de la vida. Lavocación primera de hijos de Dios que Él ha regalado a los seres humanos se vive y se realiza en la medida en que estos participan de la vida de Dios y caminan hacia Dios, que es al mismo tiempo la fuente y la plenitud de la vida, su origen y su meta. San Agustín dice: “nos hiciste, Señor para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti” (Confesiones). Dios llama, por tanto a participar de su vida y así reconocernos como los que hemos tenido en Él nuestro origen, y encontramos sólo en Él nuestra máxima realización, nuestra vida en plenitud. Tener una vocación dada por Dios es en primer lugar acoger la llamada de Dios a ser sus hijos y a participar a su vida que no se acaba.
- “Vida en Dios, con Dios, de Dios mismo” (S. Agustín)
Este modo de entender la vocación de los seres humanos nos ayuda a comprender que sin Dios la vida del hombre no parece tener sentido. Tenemos vida en la medida en que Dios nos la da y nosotros nos mantenemos en esa vida que procede de Dios y es de Dios. No es algo casual entonces que los seres humanos tengamos que hacer caso a la voluntad de Dios para poder andar por los senderos de la auténtica vida. Sólo en la medida en que la voluntad de Dios es nuestro alimento tendremos verdadera vida. Esto fue lo que Jesús vivió. Por eso decía: “mi alimento es hacer la voluntad del Padre” (Jn 4,34). Este apego a la voluntad del Padre es el que le da vida, la Vida verdadera, así como el alimento, la comida, le da vida al cuerpo. Entonces se da la máxima realización del ser de Jesús en el Padre Dios y con el Padre Dios: cuando Jesús deja claro que Él vive por que permanece en la voluntad del que lo ha enviado, la voluntad de Dios su Padre. Es lo que nos dice el Señor cuando habla del verdadero Pan de vida: “el que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí” (Jn 6,56). El Señor está convencido: “yo vivo por el Padre”. Él vive su vocación, realiza su vocación en la medida que hace la voluntad de su Padre Dios y se hace uno con Él: “el Padre y yo somos uno”. S. Agustín, hablando de la oración (contemplación) como encuentro conDios, la define como “vida para Dios, vida con Dios, vida en Dios, vida de Dios mismo” (Sermón 297). En definitiva, la vocación de todo ser humano es tener esta vida: Vivir haciendo la voluntad de Dios, vivir para Él, y con Él presente en toda nuestra vida, y participar así de la misma vida de Dios.
- La comunión en el amor, cima de la vida
Pero esta vida con Dios no es igual al aburrimiento de vivir haciendo siempre lo que nos mandan, la voluntad de otro. El hacer la voluntad de Dios no brota del miedo o de la obligación, sino del amor que nos une a Él. Realizar la vocación a la que Dios nos llama es trabajar para vivir según Dios, para participar de la vida que Él nos da, de su propia vida. La vida de Dios no es el aburrimiento de un Dios individualista que vive mirándose a sí mismo y atendiendo a sus caprichos. La vida de nuestro Dios es todo lo contrario. Nuestro Dios es el Dios Comunidad de amor. La vida de Dios es la del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo que son el único Dios unidos en el amor. El Dios de la vida es el Dios comunión de amor, es el Dios amor (1Jn 4,8). El vivir en esa comunidad de amor y felicidad perfectas es la meta de nuestra vida. La perfecta unión amorosa con Dios y con todos los hermanos y hermanas en la Iglesia es la más alta realización de nuestra vocación a la vida, de nuestra vocación de hijos de Dios.
- “Tú me llamas por mi nombre”
Pero todavía puede darnos la impresión de que Dios como que nos mete a todos en una misma bolsa, y que no se fija en cada uno. No es así. En la voluntad de Dios ha aparecido cada una de sus criaturas queridas, a cada uno el Señor lo ha soñado como es, así lo ha querido y así lo ha hecho. A ti el Señor te llama como eres tú. Te invita a vivir según su voluntad, para que encuentres en Él tu máxima felicidad. Si el Señor “cuenta el número de las estrellas y a cada una la llama por su nombre” (Sal 147,4), qué no hará contigo, a quien ha hecho a su imagen y semejanza. Job sintió como el Señor siempre se había fijado en él: “desde mi infancia me crió Él, me guió desde el seno de mi madre” (Jb 31,18). El profeta también experimenta cómo el Señor le llama por su nombre desde muy temprano: “Escuchen, islas, atiendan pueblos lejanos! Dios me llamó desde el seno materno; desde las entrañas de mi madre pronunció mi nombre” (Is 49, 1).
- “Ustedes serán mi pueblo”
Pero la llamada de Dios, aun siendo siempre personal, considerando a cada persona en cuanto tal, sin embargo, nunca se hace en solitario y para la soledad, sino que se trata de una llamada que se hace a alguien en el pueblo y con el pueblo de Dios. La vida a la que Dios llama es la vida de comunión, por eso toda vocación de la persona tiene siempre que ver con la comunión, con la comunidad de personas. No alcanzaremos la plenitud de nuestra vocación, sino en la comunión con Dios y desde la comunión con nuestros hermanos. Así, la vocación de los profetas, por ejemplo, es una vocación personal, porque es llamado por su nombre, pero su vocación la va a realizar siempre en relación con el pueblo, siendo el mensajero de Dios en medio de la comunidad. Esto puede verse en cualquier profeta. Veámoslo brevemente en el padre de todos los profetas, según lo ve Israel: Moisés. Cuando el Señor se le aparece a Moisés en la zarza ardiendo se dirigió personalmente a él, lo llamó por su nombre: “le llamó de en medio de la zarza, diciendo: “Moisés, Moisés”. Él respondió: “Heme aquí” (Ex 3,4). Y comienza un diálogo en el que el Señor le confía a Moisés la misión de sacar de Egipto al pueblo de Israel. Es una forma de vivir su vocación personal. Pero es una llamada a uno del pueblo y para servir al pueblo. Es así, que la vocación de Moisés no se puede entender, sino en relación con el pueblo. Toda llamada que Dios dirige a alguien está encaminada a que se realice personal y comunitariamente la vocación a la vida, la vocación de hijos de Dios. La vida misma, la vocación, la llamada de cada uno y de todos puede resumirse en aquellas palabras que Dios dirige a su pueblo: en aquel tiempo en el que todos alcancen la plenitud de vida y felicidad en la fidelidad a Dios “Ustedes serán mi pueblo yYo seré su Dios (Jr 7,23; 31,33).
- Diversos dones, diversas vocaciones
- El Señor nos prepara para la vocación de hijos con los dones del Espíritu
Realizar la vocación de hijos de Dios, y por ello la vocación a la vida, el Señor no lo deja ala mera casualidad. Él nunca nos pide lo que no podemos dar. Por eso a cada persona el Señor le da dones, gracias, con las que la persona puede desarrollar una vocación concreta. Específica. Por ejemplo a un hombre le puede dar el Señor la vocación de padre y esposo, y al mismo tiempo le da capacidad para la música, de tal manera que esta persona pueda ganarse la comida para él y su familia, y así pueda vivir bien su vacación de padre y esposo. Pero no sólo le da el Señor la capacidad artística con la que se ganará el pan, sino también la dulzura, fortaleza, ternura decisión, constancia que se necesita para ser un buen padre de familia y un buen esposo.
- Todo ser humano tiene su vocación
Así nos encontramos con que el Señor regala a cada persona los dones que le son necesarios para vivir su vocación a la vida de hijo o hija de Dios con su propio modo personal. Ese modo personal, particular, con el que la persona alcanza vida y felicidad y ayuda a la vida y felicidad del resto se los seres humanos, del pueblo de la comunidad de la Iglesia, esa es la vocación. Y cada ser humano tiene la suya. Te has preguntado ¿cuál es tu vocación?Creo que sí, puesto que estás en esta convivencia; pero no es fácil, hay que vivir con atención y entrega un camino de búsqueda para saber bien cuáles son los dones que el Señor te ha dado y por tanto cuál es su voluntad, o lo que es lo mismo cuál es tu vocación. Porque para un cristiano católico su vocación consiste en hacer la voluntad de Dios, para poder ser un buen hijo suyo y así tener vida y felicidad.
- El carisma como nuestro auténtico modo de ser
A ese modo de ser tuyo, con unas cualidades, con un estilo, con una misión concreta en el mundo y en la Iglesia hemos llamado tu vocación; en la Iglesia decimos que ese es tu carisma propio por el que tú eres así y no de otro modo. No se trata de algo superficial, sino de algo muy profundo en la persona de cada uno, en la personalidad.
- Diversidad de carisma en 1Corintios 12, 12
Meditemos este texto en el que el apóstol San Pablo nos presenta como la Iglesia vive con las diversas vocaciones o “carismas” que tienen sus miembros. Cada uno tiene su carisma o vocación para el bien y la felicidad propios y de la comunidad. Pablo dice que no hay que olvidar que todos los carismas son para el bien de la Iglesia. Cualquier vocación de un seguidor de Jesús en nuestra Iglesia Católica es para el bien de la Iglesia, de la comunidad, pues si no es así no se trataría de un bien que procede del Espíritu.
- Los estados de vida en la Iglesia
Es bueno que no situemos en el lugar que nos corresponde en nuestra Iglesia, porque es así como podremos ser felices y tener vida encontrando el propio lugar, la propia vocación. Vamos a conocer un poco como está formada, estructurada nuestra Iglesia según las diversidad de dones y carismas que hay en ella. Atendiendo al modo como las personas vivimos la afectividad y la sexualidad, podemos distinguir cuatro modos de vida: vida matrimonial, vida célibe, soltería y viudez. Atendiendo a la organización jerárquica de la Iglesia encontramos primero dos estados de vida: vida laical, y vida clerical. Al estado de vida clerical pertenecen solamente todos los diáconos, los sacerdotes, los obispos y el papa. Al estado de vida laical pertenecen todos los que en la Iglesia no son sacerdotes ni diáconos, ni obispos, ni papa. Los que pertenecen al estado de vida laical lo podemos dividir en dos grupos: seglares y consagrados. Los consagrados son aquellos que siguen a Jesús viviendo los votos de castidad, pobreza y obediencia en un instituto o congregación religiosa. Y los seglares son todo el resto de los fieles. Algunos en la Iglesia pertenecen a alguna congregación religiosa, por ejemplo, la Orden de Agustinos Recoletos, y además sirven a la Iglesia como sacerdotes o diáconos.
- “A unos apóstoles...”: vocación a la vida consagrada y sacerdotal
La vida consagrada y la vida sacerdotal hacen presente de modo especial la vocación de los que Pablo llama apóstoles, porque se dedican toda su vida al anuncio del Evangelio, con la propia vida y con supalabra anuncian y construyen el reinado de Dios, como Jesús. Estos se adelantan un poco a los demás fieles para enseñar a todos como tenemos que vivir nuestra vida en fidelidad a la vocación de hijos de Dios y a la vocación a la vida, se adelantan para mostrarnos en el seguimiento de Jesús el verdadero camino de la felicidad.
- El don de la vida comunitaria
La vida comunitaria no es un privilegio de nadie en la Iglesia. Es un don, una gracia dada a todos. El señor llama a todos a la plenitud de su vida participando de la vida comunitaria del mismo Dios en la Comunidad Trinitaria. Eso es para todos, pero sólo se construye recorriendo los caminos de la comunión, de la búsqueda continua de la buena convivencia y del amor mutuo que convierte a todos los creyentes en una familia, en el caso de nuestra Iglesia católica, tan unida como un único cuerpo, con una misma vida y esperanza,con “un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, uno solo Dios y Padre” (Ef 4, 4-6).
- “Serán mi pueblo”: la vida comunitaria, camino de salvación para todos
Desde el Antiguo testamento, la vida comunitaria es el camino de salvación por excelencia. Se pierde aquel que quiere vivir en solitario, que se encierra en sí mismo e ignora a su hermano, o peor aún, atenta contra él (es el caso de Caín). Dividirse, apartarse de Dios y de los hermanos, usando la diferencia como motivo de división, excusa para romper la comunión, este es el gran pecado de Adán, que luego a traspasado toda la humanidad (cf. Gn). Por eso, el orden querido por Dios pasa por la nueva alianza en la que el Señor llama a todos a ser pueblo, en la que todos somos “asamblea” (iglesia) convocada por el Padre Dios, en la que todos están unidos por el amor que Dios les tiene y el amor que ellos tienen a su Dios, y además por el amor, la solidaridad, la justicia, la paz que se vive entre los miembros de este nuevo pueblo. Es el pueblo que va a formar el Mesías enviado, el Ungido de Dios, el que tiene el Espíritu sobre sí, según la promesa mesiánica de Isaías (cf. Is 61, 1-9). El ser pueblo de Dios, la vida de comunión, de comunidad que esto implica, es así el camino de salvación que el Señor propone, la comunión de los hermanos en el amor, el “ámense lo unos a los otros” (Jn 15) es el modo de vivir en Dios y con Dios. Ser pueblo de Dios pasa por ser persona de Dios, y la persona de Dios no puede no ser pueblo de Dios con su comunión, su relación con los demás.
- La vida comunitaria, el nuevo camino en los Hechos de los Apóstoles
En el Nuevo Testamento Jesús le da más cuerpo a esta idea de que la salvación pasa por la vida de pueblo, de comunidad. Jesús viene a proponer un camino de vida y salvación, más aún, a proponerse Él como el camino que conduce a la vida verdadera. En la vida y el mensaje de Jesús Él aparece como un hombre de comunidad y para la comunidad. El mismo forma inmediatamente una comunidad desde la que va actuando y predicando. En el evangelio de Marcos el Señor elige a los apóstoles y forma la que puede considerarse la primera comunidad de los seguidores de Jesús el Maestro (cf. cc. 1 y 2 de Marcos). El Señor, aunque tiene una personalidad con una impresionante libertad y autonomía, no lleva adelante su ministerio en solitario. Eligió a los que quiso “para que estuvieran con Él” (Mc 3, 13-15). Aparece claro que en el camino del hombre nuevo es fundamental la vida con los otros, con los demás hermanos con quienes se forma una comunidad. Jesús es el hombre nuevo por excelencia y él nos enseña que no se puede pensar en Dios y la vida plena y verdadera sin pasar por la relación con los otros. Los discípulos aprenden muy bien la lección del Maestro. Cuando parte Jesús en la ascensión los apóstoles con María, la madre de Jesús y otras mujeres que seguían a Jesús en su ministerio como que forman ese primer núcleo de lo que desde la venida del Espíritu Santo se va formando como la Iglesia de los seguidores de Jesús. Y el libro de los Hechos narra como el nuevo camino se extiende formándose en comunidades que vivían de modo muy intensa la comunión en la misma fe, haciendo el esfuerzo de expresar y vivir esta comunión al máximo en el compartir hasta lo necesario para vivir. Es lo que encontramos en Hechos 2, 42ss y en sus paralelos.
- La vida comunitaria, un carisma de la vida consagrada
Hoy día, el vivir en comunidad, que es un ideal, y valor, para todos los seguidores de Jesús, (Hch 2, 42ss) es un estilo de vida para casi todas las congregaciones religiosas, para los consagrados y consagradas. Podemos decir que es un carisma muy propio de todos los consagrados.
- La vida comunitaria, núcleo del carisma agustiniano
San Agustín fundó un estilo de vida consagrada en la Iglesia. Su inspiración principal fue la invitación de los Hechos de los Apóstoles a vivir en comunidad de hermanos tan unidos como quienes tuvieran “una sola alma y un solo corazón” (Hch 4,32ss). Esta vida comunitaria de hermanos es el núcleo principal de lo que llamamos el carisma agustiniano, la vida consagrada agustiniana,o la vida religiosa y sacerdotal al estilo de san Agustín.
- El agustino recoleto, hombre de comunidad y para la comunidad.
Los que pertenecemos a la Orden de Agustinos Recoletos tenemos el estilo de vida de san Agustín: la vida comunitaria de hermanos en primer lugar y luego el servicio a la Iglesia desde la comunidad. El agustino recoleto es el que se siente llamado a vivir en comunidad, a construir buena convivencia, fraternidad, a transformar el mundo desde las buenas relaciones y la amistad. El agustino recoleto, o la agustina recoleta, es la persona que vive en comunidad construye la vida de comunidad entre todos aquellos con los que vive, con los que trabaja, con los que busca el reinado de Dios, con los que sigue a Jesús. |