Todos los años, el día 25 de enero, la Iglesia celebra la conversión de san Pablo, un acontecimiento que además de lo que significó para la vida personal de Pablo, tuvo consecuencias importantes para la vida de la Iglesia. Gracias a su encuentro con Cristo resucitado, san Pablo se convirtió en el instrumento de Dios para romper los muros religiosos y étnicos de la humanidad, para que el Evangelio de Jesucristo fuera anunciado a hombres y mujeres de todos los tiempos, de todas las culturas, de todas las razas, pueblos y naciones. La conversión y ministerio de san Pablo es una de las obras salvíficas de Dios a favor de la humanidad. Por eso cada año recordamos esta fiesta con alegría. Normalmente, cuando el día 25 de enero cae domingo, prevalece la celebración propia del domingo. Sin embargo, en este año, por ser el año paulino, la Iglesia autoriza que se celebre el día de hoy la fiesta de la Conversión de san Pablo.
Quizá debamos comenzar por recordar qué es el año paulino. No sabemos la fecha exacta ni del nacimiento ni de la muerte de san Pablo. Esos registros no se llevaban en la antigüedad. Sin embargo se pueden hacer cálculos, y se cree que san Pablo debió nacer hacia el año 9 d.C. Por lo tanto, se cumplen, en este año, los dos mil de su nacimiento. Por este motivo, el papa Benedicto XVI decretó que desde el 28 de junio de 2008 hasta el 29 de junio de 2009, fuera un año dedicado a san Pablo, un año paulino. Durante este tiempo, debemos hacer esfuerzos por conocer mejor los escritos de san Pablo, asimilar sus enseñanzas, y así, guiados por este apóstol, ser mejores discípulos de Jesús, dar más claro testimonio de nuestra fe por medio de las buenas obras.
¿Cuál es el significado y la importancia de san Pablo? Lo decimos brevemente: san Pablo fue el instrumento de Dios para desarrollar el potencial universal del Evangelio de Jesucristo. Vamos a explicar lo que queremos decir. Las religiones han sido realidades culturales, prácticas de un pueblo. Los judíos tenían su religión, los romanos la suya, los griegos la suya, y así todos los pueblos. Todavía hoy hablamos entre nosotros de la religión de los mayas o de la espiritualidad maya, dando a entender que es la religión que practican los mayas, y no la gente de otros pueblos. Pero Dios sólo hay uno, el mismo para todos. Ese único Dios, creador del cielo y de la tierra, a través de las obras de la creación, da a todos los hombres de todos los pueblos noticias de su divinidad. Por esto todos los pueblos tienen conocimiento parcial del verdadero Dios. Pero ese Dios tenía el propósito de darse a conocer plenamente, de compartir su vida con nosotros. Y así, se fue abriendo camino, se fue dando a conocer, primero al pueblo de Israel, entre todos los pueblos del mundo. Pero cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer, para anunciarnos el Evangelio de la salvación y para mostrarnos el amor que Dios nos tiene. Ese fue Jesucristo. La obediencia y el amor llevaron a Jesús hasta la muerte en la cruz, para el perdón de nuestros pecados; pero Dios lo resucitó de entre los muertos y mostró que en él, se encuentra la salvación para todos los pueblos. Pero como Jesús había nacido en medio del pueblo judío, muchos creían que él era salvador sólo para los judíos, y quien quisiera beneficiarse de la salvación de Dios, debía hacerse primero judío. Eran gente que creía que la religión era todavía cuestión de cultura, de raza, propiedad de un pueblo. Dios eligió a san Pablo para mostrar que no es así. Puesto que todos morimos y hemos pecado, puesto que todos estamos necesitados de salvación, Jesucristo es salvador de todas las personas, sean del pueblo que sean. El único Dios que hay, ha enviado a este mundo a su único Hijo. Y cómo ese Hijo de Dios se hizo hombre verdadero, se sometió a las limitaciones de la humanidad: nació y vivió en unos años determinados y no en todos los tiempos; vivió en un país concreto, y no en todos los países del mundo; habló un idioma y no todos los idiomas del mundo; pertenecía a una raza y no a todas las que hay en el mundo; compartió una cultura y no todas las culturas del mundo. El hombre real existe dentro de esas limitaciones de tiempo, espacio, cultura. Puesto que la encarnación del Hijo de Dios es real, las limitaciones a las que se sometió también son reales. Pero el hecho de que las personas vivamos dentro de esas limitaciones no quita que sigamos siendo todos personas. Por eso la comunicación entre personas de diversas culturas es posible; la comunicación entre personas de distinta época o razas es posible. Por eso la comunicación de Jesús con toda la humanidad es también posible. La salvación que Cristo ha traído está destinada a todos los hombres y mujeres de todos los tiempos y lugares, de todas las razas, pueblos y culturas, porque es la salvación que viene del único Dios que hay, creador y Padre de toda la humanidad. Eso fue lo que san Pablo vio con toda claridad. Por ese motivo, él se lanzó a anunciar el Evangelio a los pueblos no judíos y escribió sus cartas, en las que claramente enseña que Jesucristo es el salvador de todos y que podemos alcanzar esa salvación si ponemos nuestra fe en él.
Las lecturas de esta misa de hoy destacan claramente esta enseñanza. En el Evangelio, Jesús mismo envía a sus discípulos con instrucciones bien claras: Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio a toda criatura. El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será condenado. ¿Cómo es posible que estas palabras tan claras de Jesús no fueran comprendidas hasta que llegó san Pablo? Las cosas fueron así, porque la luz se abre paso lentamente.
Cuando nosotros hablamos de conversión, normalmente entendemos el paso de una vida de pecado a una vida de virtud. Una persona que era mentirosa, violenta, irresponsable, pasa a ser una persona honesta, pacífica y veraz. En este caso tenemos una conversión moral. La de san Pablo no fue una conversión moral, pues él era un hombre bueno, cumplidor de la ley de Dios. También tenemos el caso de una persona que no conoce al verdadero Dios y llega a conocerlo; o no conoce a Jesucristo y comienza a seguirlo. En este otro caso tenemos una conversión religiosa o teológica. En parte la conversión de san Pablo sí fue de este tipo. Él creía en el Dios verdadero, pero no conocía a Jesucristo; era perseguidor de Jesucristo y de la Iglesia, y se convirtió en seguidor de Jesucristo y apóstol suyo. Pero la conversión de san Pablo va más allá. Dios lo iluminó para que comprendiera los caminos nuevos que él, Dios, abría en la humanidad. Pablo comprendió que todos, judíos y no judíos somos pecadores, y que Dios ofrece a todos la salvación por medio de la fe en Jesucristo. Pablo llegó a comprender los nuevos caminos de Dios con la humanidad y se convirtió en apóstol de los pueblos no judíos para llevarles la salvación. Pablo comprendió que Dios abría un capítulo nuevo en la historia de la salvación de la humanidad, y entró de lleno en esa nueva dinámica que Dios inauguraba…
+ Mario Alberto Molina, O.A.R.
Obispo de Quiché
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