Relata cómo aprendió a hablar, confiesa cómo robaba lo que podía en la despensa; enumera los vicios de la adolescencia, los amores impuros. «Llegué a la ciudad de Cartago y por todas partes me veía incitado a amores deshonestos».
Debió ser un joven fardón. Luego arremete al candor con cieno de la lascivia y combate a los maniqueos, a cuya secta perteneció, llamándoles soberbios. Cuenta en su autobiografía el momento en el que cayó en manos de unos hombres tan soberbios como extravagantes, carnales y habladores. «En sus lenguas estaban ocultos los lazos del demonio con lenguas ocultas».
Durante toda su vida de obispo y padre de la iglesia, abominó, quemó, pisoteó, despotricó, calumnió a los que le habían comido el tarro. Habla en su confesión con tanta sinceridad como la que emplean los que ahora van a los programas basura de la tele a contar sus traspiés en la vida pasada.
San Agustín ha hecho, con Confesiones, santos por un tubo y ha elevado ese relato a una dimensión mágica. Para él y para otros sabios el libro es objeto sagrado; aunque a la Biblia o el Corán, los ateos los consideran criadas del dogmatismo.
Los predicadores de la posguerra en pleno nacional-catolicismo ponderaban las confesiones de San Agustín o de Santa Teresa y alanceaban las lecturas perniciosas. «Un buen libro –decían– convirtió a San Agustín y a Santa Teresa. Eutiques de bueno se hizo heresiarca por un libro maniqueo; Bardesano se pervirtió por otro de la herejía valentiniana; y pueblos enteros con los de Voltaire, Rousseau, Renan, Engels, Marx y Sartre».
El libro era objeto tan sagrado para A04/23/2005 19:23eía los papeles rotos por las calles. Conocía Italia y sabía que pasear con un libro en la mano por las calles de Roma o de Florencia, garantizaba la misma seguridad que en otras ciudades llevar una espada. Un libro de Cicerón encaminó a Agustín hacia la verdad. Los sermones de San Ambrosio lo sacaron de la lujuria cuando era un joven echado a perder. Estaba descansando en el huerto de su amigo Alipio, la mitad de su alma, y una voz de niño cantó: «Tolle, lege». Se levantó y encontró las cartas de San Juan. Ahí surgió el cambiazo, el flechazo, se cayó del caballo. Mil doscientos años después le ocurrió lo mismo a Santa Teresa. «Leía Confesiones de San Agustín y sentí aquella voz dirigida a mí misma».
Agustín es uno de los grandes teóricos de la fe. Según él, la medida del amor es amar sin medida. Los curas suelen decir «dubitat agustines» –incluso San Agustín duda– pero el africano era muy expeditivo para enunciar su doctrina. Según él, sólo a Dios le está reservado conocer los tiempos. «Donde está la verdad está Dios». Y se cuenta de él esa historia tan púnica de un niño que echaba agua con una concha a un agujero y cuando le dijo que era imposible meter en el hoyo el agua del mar, el niño le dijo: «Más difícil es descifrar el misterio de la Trinidad».
A mí San Agustín me parece majestuoso porque fue un calavera, tuvo un hijo con una concubina, pegó el braguetazo con una dama rica, era el niño bonito de Cartago, todos los días se veía incitado a amores y lo salvó de la herejía su madre; triunfaron sus lágrimas y eso que Santa Mónica lo echó antes de casa por golfo y por maniqueo.
Lo mejor de San Agustín, su pulsión, su mala conciencia, su método de análisis de los maniqueos, los bolcheviques del siglo IV, aquellos medio cristianos medio budistas, partidarios de la igualdad de la mujer, superposmodernos, zen, hippies como Zapatero. (Fueron ejecutados por el emperador Máximo, en España su versión fue el priscilianismo).
Creían que los cuerpos obedecen al influjo de las estrellas. Agustín fue oyente de la secta durante nueve años, pasó de creer en los horóscopos a creer en Dios cuando lo llevó por el camino cristiano San Ambrosio diciéndole que tiene más fuerza la razón que el apetito.
«Dios no puede permitirse que se pierda un hijo de tantas lágrimas», le dijo Ambrosio a Mónica. Lo sacaron de aquella secta que atribuía a las plantas vida sensitiva. Ellos creían que no se podía arrancar un fruto u hoja de algún árbol sin que se le causase dolor o sentimiento.
¿Hay una tendencia al maniqueísmo en Cervantes cuando escribe en El Quijote: «Reíanse las fuentes, murmuraban los arroyos, alegrábanse las selvas»? San Agustín primero odió la agricultura y después la concupiscencia. Logró integrar el cristianismo y el neoplatonismo; el punto de partida para la búsqueda de la verdad no se halla en el exterior sino en el interior de la conciencia.
Nació en Tagaste, Numidia, una ciudad donde había un mercado de leones, año 354. Murió en Hipona, 430. Enseñó retórica en Cartago, Roma y Milán. Volvió a su país y llegó a ser obispo de Hipona en 395. Instituyó las órdenes religiosas. Fundó un convento. Murió durante el asedio de los vándalos. Hay un olivo en Tagaste, hoy Suuk-Ahares, que él plantó. Era inconscientemente maniqueo.
(Tomado del periódico El Mundo. Diciembre de 2004)