En su edición del 22 de abril el periódico español El Mundo, en una información de su enviado especial a Roma, se hace de la influencia que Nuestro Padre San Agustín, además de San Buenaventura, ha ejercido en el pensamiento del hasta ahora cardenal Ratzinger.
Dice el rotativo: “dos santos, dos grandes pensadores cristianos, San Agustín y San Buenaventura, marcaron la vida, la investigación y la obra intelectual y pastoral del teólogo Joseph Ratzinger, que desde las aulas de Tubinga y tras pasar media vida en la Congregación para la Doctrina de la Fe, llegó al solio pontificio. Dos santos a los que, junto al patrón de Europa, San Benito, se lo debe todo. Dos santos de la gran tradición cristiana a los que estudió a fondo. Al genio africano de Hipona, el joven estudiante Ratzinger le dedica su tesis doctoral. Se titula Pueblo y casa de Dios en San Agustín y fue publicada en 1954.”
Dice también El Mundo que el nuevo papa “aprende de Agustín a repensar los los fundamentos del credo cristiano para hacerlo comprensible al hombre moderno y para anunciar a Cristo, la «única medida» de una «fe adulta».
Ciertamente San Agustín es uno de los padres de la Iglesia más citado por Benedicto XVI. Así lo demuestra una rápida búsqueda en Internet. Hurgando en cualquier buscador la relación Ratzinger y San Agustín aparecen numerosos documentos, conferencias y escritos del nuevo papa en las que cita aSan Agustín.
Entonces cardenal y prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, al nuevo papa le correspondió clausurar las celebraciones con motivo del 1650 aniversario del nacimiento de san Agustín de Hipona, reflexionando sobre la actualidad de este filósofo y teólogo. Durante una solemne misa en la Basílica de Santa Áurea, en Ostia (localidad cercana a Roma), el purpurado bávaro profundizó en los «dos obstáculos» en el camino «hacia la conversión» del santo de Tagaste: «el espíritu de independencia y su soberbia intelectual, que le llevó, en un primer momento, a adherir a una religión "material", el Maniqueísmo». «Agustín experimentó profundamente la libertad hasta convertirse en su esclavo, como el Hijo Pródigo, quien acabó siendo guardián de cerdos y comiendo algarrobas. Si somos sinceros con nosotros mismos, no podemos negar que esa parábola refleja plenamente nuestra condición existencial. La auténtica libertad está sólo en la amistad con el Señor». «Palabras como amor eterno y sabiduría no están de moda. Agustín, quien vivió en una época muy semejante a la nuestra, llegó a definir la sabiduría como una "palabra extranjera"», explicó el cardenal en la homilía. «Experimentando el gran vacío de las ideologías de su tiempo, Agustín sintió una gran sed de esa Verdad que abre el camino a la Vida --añadió--. Comprendió que nadie es capaz de llegar a Dios con sus propias fuerzas y al final descubrió que la auténtica Sabiduría es Cristo». «El cristianismo no es moralismo sino don del amor de Dios», explicó Ratzinger sintetizando el pensamiento de san Agustín. (información recogida por zenit.org)
En una conferencia sobre la nueva evangelización, pronunciada en Roma en diciembre del año 2000, comentando un texto de Juan cita también a nuestra padre diciendo: “San Agustín dice lo mismo de modo muy hermoso, interpretando el texto de san Juan donde la profecía del martirio de san Pedro y el mandato de apacentar, es decir, la institución de su primado, están íntimamente relacionados (cf. Jn 21, 16). San Agustín lo comenta así: "Apacienta mis ovejas, es decir, sufre por mis ovejas" (Sermón 32: PL 2, 640). Una madre no puede dar a luz un niño sin sufrir. Todo parto implica sufrimiento, es sufrimiento, y llegar a ser cristiano es un parto. Digámoslo una vez más con palabras del Señor: "El reino do Dios exige violencia" (M 11, l2; Lc 10, 16), pero la violencia de Dios es el sufrimiento, la cruz. No podemos dar vida a otros sin dar nuestra vida. El proceso de renuncia al propio yo, al que me he referido antes, es la forma concreta (expresada de muchas formas diversas) de dar la propia vida. Ya lo dijo el Salvador: "Quien pierda su vida por mi y por el Evangelio, la salvará" (Mc 8, 35).
Entre las muchas ocasiones en que Benedicto XVI ha echado mano de San Agustín para fundamentar sus escritos traemos a colación la referencia que hace a nuestro padre en el libro “ El camino pascual” (BAC Popular 1990). Escribe Ratzinger: “Quisiera añadir a esta meditación dos exégesis de San Agustín a propósito del lavatorio de los pies; con estas interpretaciones, el Obispo de Hipona explica la tensión de su vida entre contemplación y servicio cotidiano.
a) En una primera consideración, san Agustín reflexiona sobre estas palabras del Señor: "Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio» . El Santo se pregunta qué quiere decir: si uno se ha bañado, es decir, bautizado, todo él está limpio; ¿por qué y en qué sentido tiene necesidad de lavarse los pies? ¿Qué puede significar este lavatorio de los pies, siempre necesario después de haberse bañado, después del bautismo? Así responde el Santo Doctor: sin duda, el bautismo nos ha limpiado enteramente, incluso los pies. Estamos «limpios»; pero, mientras vivimos aquí abajo, nuestros pies pisan la tierra de este mundo. «Pues los mismos afectos humanos, sin los cuales no hay vida en esta nuestra condición mortal, son como los pies, con los cuales entramos en contacto con las realidades humanas; y estas realidades nos alcanzan de tal manera, que si dijéramos que estamos libres de pecado nos engañaríamos a nosotros mismos» (AUGUSTINUS, Tract. in Johan, LVI 4; C. Chr. XXXVI 468). Pero el Señor está en presencia de Dios y, en virtud de su intercesión, nos lava los pies día tras día en el momento en que nuestros labios pronuncian la oración: perdona nuestras deudas. Todos los días, cuando rezamos el Padrenuestro, el Señor se inclina hacia nosotros, toma una toalla y nos lava los pies.
b) San Agustín reflexiona inmediatamente después sobre otro texto de la Escritura, tomado del Cantar de los Cantares, en el que encuentra unos versículos -a primera vista enigmáticos, según él- sobre el tema del lavatorio de los pies. En el capítulo 5 el Cantar hallamos la siguiente escena: la esposa se encuentra en el lecho y duerme, pero su corazón vela. De pronto, un rumor la despierta; el amado llama: «¡Abreme, hermana mía!» La esposa se resiste: «Ya me he quitado la túnica. ¿Cómo volver a vestirme? Ya me he lavado los pies. ¿Cómo volver a ensuciarlos?»
Aquí comienza la reflexión del Santo Doctor. El amado que llama a la puerta de la esposa es Cristo, el Señor. La esposa es la Iglesia, son las almas que aman al Señor. Pero -dice San Agustín- ¿cómo pueden ensuciarse los pies si salen al encuentro del Señor, si van a abrirle la puerta? ¿Cómo podría ensuciarnos los pies el camino que conduce a Cristo, el camino que lava nuestros pies? Ante semejante paradoja, San Agustín descubre algo decisivo para su vida de pastor, para resolver el dilema entre su deseo de oración, de silencio, de intimidad con Dios y las exigencias del trabajo administrativo, de las reuniones, de la vida pastoral. El obispo dice: la esposa que se resiste a abrir son los contemplativos que buscan el retiro perfecto, se apartan por completo del mundo y quieren vivir exclusivamente para la belleza de la verdad y de la fe, dejando que el mundo siga su camino. Pero llega Cristo, resuenan sus pasos, despierta al alma, llama a la puerta y dice: «Tu vives entregada a la contemplación, pero me cierras la puerta. Tú buscas la felicidad para unos pocos, mientras fuera crece la iniquidad y el amor de la multitud se enfría...» Llama, pues, el Señor para sacar de su reposo a los santos ociosos y grita: «Aperi mihi, aperi mihi et praedica me!» A decir verdad, cuando abrimos las puertas, cuando acudimos al trabajo apostólico, nos ensuciamos inevitablemente los pies. Pero los ensuciamos por la causa de Cristo, porque aguarda fuera la multitud y no hay otro modo de llegar a ella que metiéndonos en la inmundicia del mundo, en medio de la cual se encuentra (Ibid.. LVII. 2-6 p. 470ss)
Así interpreta San Agustín su propia situación. Después de la conversión quiso fundar un monasterio, abandonar definitivamente el mundo y vivir con sus amigos dedicado por entero a la verdad, a la contemplación. Pero en el 391, cuando fue ordenado sacerdote en contra de sus deseos el Señor vino a desbaratar este reposo, llamó a su puerta y desde entonces no había día que no llamara; no le dejaba en paz: «¡Abreme y predica mi Nombre». Agustín llegaría a comprender que esta llamada que escuchaba a diario era realmente la voz de Jesús, que Jesús le impulsaba a ponerse en contacto con las miserias de la gente (por aquel tiempo, el Santo Obispo hacía también las funciones de Khadi, de juez civil) y que, por paradójico que esto pudiera resultar, era precisamente así como caminaba hacia Jesús, como se acercaba al Señor. «¡Abreme y predica mi Nombre!» Ante la generosa respuesta de San Agustín sobra todo comentario: «Y he aquí que me levanto y abro. ¡Oh Cristo, lava nuestros pies: perdona nuestras deudas, porque nuestro amor no se ha extinguido, porque también nosotros perdonamos a nuestros deudores! Cuando te escuchamos, exultan contigo en el cielo los huesos humillados. Pero cuando te predicamos, pisamos la tierra para abrirte paso; y, por ello, nos conturbamos si somos reprendidos, y si alabados, nos hinchamos de orgullo. Lava nuestros pies, que ya han sido purificados, pero que se han ensuciado al pisar los caminos de la tierra para abrirte la puerta (Ibid.. LVII, 6, p.472).
Muchas otras referencias de Benedicto XVI a San Agustín hay en sus escritos, en sus conferencias y homilías, basten estas como muestra y botón del gran aprecio que el papa siente por Nuestro Padre y la influencia ejercida en su pensamiento.
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